dissabte, 3 de desembre de 2016


Estaba fregando los platos en la librería y una señora ha venido hasta el fregadero y se ha esperado a que me secara las manos para que le mirara si teníamos un libro. No teníamos el libro.

Analicemos la situación:
  1. Fregar los platos en horario de atención al público.
  2. Clienta que tiene que venir a buscarme.
  3. Clienta que espera.
  4. No tener el libro.
En el mundo de las auditorías suspenderíamos rotundamente en el camino de la consecución del sello de calidad.

Pero:
  1. El libro que buscaba la señora era ESTO.
Una auditoría técnica no tiene manera de valorar qué libros no tenemos ni los motivos por los que no los tenemos ni si nuestro fondo está integrado o no por libros de calidad literaria, científica o técnica ni la aptitud de los libreros para recomendar sobre la marcha libros que cumplan estos criterios de calidad o para programar actividades de calidad también.

Todo esto es lo que algunos libreros les estamos intentando explicar al Gremi de Llibreters y al Departament de Cultura de la Generalitat; ambas instituciones están dispuestas a gastarse dinero público en implantar estas auditorías inútiles, cuando hay tantas otras cosas por hacer.

dimecres, 30 de novembre de 2016

(Poniendo un poco de orden en las ideas para mi intervención de mañana en la mesa redonda sobre la escasez de contenidos culturales en los medios de comunicación.)

Tengo una librería. Obviamente me interesa vender libros, que la gente compre muchos, cuantos más mejor; esto es en primera instancia por una cuestión de supervivencia: hay que vender muchos libros para vivir de ellos, tened en cuenta que un librero se queda con el 30 por ciento del precio del libro, esto es, de un libro de 20 euros, nos corresponden solo 6,6. Sabiendo que la mayoría de libros valen menos de 20 euros, que hay ediciones de bolsillo que a penas llegan a los 8 euros de precio, de los que nos corresponderían a nosotros menos de dos, calculad cuántos libros tenemos que vender al mes para sobrevivir, o sea, sólo para poder pagar alquileres y sueldos.
 
De las muchas maneras que hay para vender libros, hay una que es imbatible: consiste en que la gente piense en libros; que los tenga en la cabeza, que estén en sus conversaciones, que figuren entre sus referencias. Hay un camino muy claro para conseguir que las cosas estén en la cabeza de la gente, es el camino de los medios: las cosas que salen en los medios con una cierta intensidad acaban formando parte del imaginario del espectador, y hoy día todo el mundo es espectador; explicadme si no porqué gastaríamos un solo minuto de nuestras vidas pensando en la última de Belén Esteban, por decir una que estoy convencida que todos vosotros tenéis en la cabeza. ¿Por qué la tenéis? Ahí lo tenéis.
 
No llevo hablando ni cinco minutos y ya podríais reprocharme como mínimo dos cosas de todo lo que llevo dicho: una, que sabiendo todo esto del poquísimo margen para el negocio que da la venta de libros, si quisiera ganarme bien la vida, me podría haber metido en cualquier otro negocio; y dos, que qué tiene que ver Belén Esteban o cualquier otro de su condición con los libros, con la literatura. La respuesta a los dos reproches sería la misma: me he metido en lo de los libros porque no son Belén Esteban.
 
Explicándolo muy básicamente, yo creo que hay dos cosas en la vida: una es lo que de verdad nos interesa y otra lo que hacemos para pasar el rato, aunque puede que no nos demos ni cuenta de cualquiera de estas dos cosas en el momento en el que están pasando; puede que nos parezca que estamos pasando el rato viendo la tele u oyendo la radio y puede que nos parezca que nos interesa mucho la última bronca que haya tenido fulanito con menganita de tal o descubrir que tal escritor escribe en zapatillas, por ejemplo; la cosa es que si nos paramos pensarlo, una vez nos hemos enterado de la bronca o de lo de las zapatillas, ahí se acaba el tema; puede que la historia nos dé para un par de conclusiones del tipo "qué mala persona es fulanito" o "este escritor es tan bueno que, si escribe en zapatillas, yo lo voy a hacer todo en zapatillas también", pero ya está. Una vez hemos hecho algo que nos interesa de verdad en cambio, eso perdura y de alguna manera acaba viéndose reflejado en la realidad; en lo que nos rodea primero y, a base de círculos concéntricos, en la sociedad después. Un ejemplo que parece muy tontuelo pero del que estoy convencida es que si la gente leyera libros bien escritos o viera o escuchara programas de televisión o de radio bien estructurados, independientemente de su ideología, nunca, jamás, votaría para presidente a alguien que no supiera construir bien las frases o que no supiera enlazar las ideas a base de silogismos con un cierto grado de complejidad o que no tuviera recursos para responder a preguntas que no estaban en el guión.
 
Por eso me dedico a vender libros aunque me den tan poco margen y no cualquier otra cosa: porque creo que los libros buenos inciden de esta última manera que acabo de explicar en la sociedad.
Entonces, ¿por qué los medios dan prioridad a lo que no?
 
No estoy diciendo que todo lo otro tenga que desaparecer de los medios: sería un aburrimiento. Lo que digo es que los libros no tendrían que ser arrinconados ni transversalizados de la manera en que lo están siendo últimamente; que deberían estar a la par de todo lo otro en cuanto a minutaje de contenidos.
 
Hay otro motivo además por el cual los medios deberían replantearse todo esto: ahora mismo hay un montón de editores, escritores, traductores, correctores y libreros que estamos apostando por aquello que decía antes que era lo importante frente a lo que supone una simple manera de pasar el tiempo; es más, hay un montón de lectores que se están apuntando a comprarlo, si no no insistiríamos tanto ni seríamos tantos tampoco. Si los medios quieren estar a la altura de esto que está pasando, deberían dedicar espacios a este público que acabo de describir; es una apuesta de futuro, creedme; es que está muy ciego quien no lo haya visto ya.
 
Ya está. No voy a dar ninguna conferencia mañana: es una mesa redonda donde voy a participar, pero creo que todas las ideas que suelte van a ir por aquí.

dijous, 1 de setembre de 2016

Llevamos una semana buscando y sumando minutos dedicados a la cultura en la radio pública como quien busca monedas debajo de los cojines del sofá a ver si sumadas dan para comprar un libro, un disco o una entrada para el teatro con descuento del TresC. O sea, llevamos unos días haciendo bastante el pena.

De un simple vistazo a la programación de Catalunya Ràdio que se acaba de presentar, uno, si busca la cultura, se encuentra con que está dispersa, que es lo mismo que estar por todo sin estar en ningún sitio. Saül Gordillo, el director de la casa, lo llama transversalidad; yo lo llamo dispersión y mi madre me daría un guantazo por tener la habitación hecha una leonera.

En realidad, lo que le ha pasado a la radio es lo mismo que le ha pasado al sector editorial: ¿recuerdan cuando Edicions 62 era una empresa con entidad propia? Pues ahora lo que queda de 62 son sellitos dispersos por todo el edificio de Planeta de la avenida Diagonal; tan dispersos que un día yo llamé preguntando por uno de ellos y la telefonista me contestó que ese sello no era de la casa; tuve que convencerla de que preguntara, que ya iba a ver como sí; indagó un poco, lo encontró y por fin me pasó con el editor.

Pasa con la transversalidad que siempre amenaza disolución. El sector editorial ha reaccionado alucinantemente rápido a todo esto; prácticamente al mismo tiempo que la literatura se 'transversalizaba' dentro del grande, fuera empezaron a salir un montón de pequeños que, publicando libros de calidad, en relativamente poco tiempo se han hecho con un trozo del pastel o sea del público lector (que, para que me entiendan allá, vendría a ser lo mismo que el oyente). Hablo de editoriales como L'Altra (le llueven los premios últimamente), Raig Verd (publica a la última premio Nobel), Les Males Herbes (hay gente que viene a la librería pidiéndonos "el último de Males Herbes", sin saber cuál es. Y se lo compran).

Estoy hablando de iniciativa privada, lo sé, pero ¿no dicen que el gran error de la radio pública es acabar copiando los contenidos y formas más salchicheros de la privada? ¿No podrían tener el acierto de aprender de sus errores también?

Una de las cosas que apuntaba en mi ristra de tuits inicial era que Catalunya Ràdio tiene en plantilla a gente muy capacitada para hacer buenos programas culturales; el delito es que a muchos los tienen arrinconados haciendo de redactores, colaboradores o ni eso en programas que no tienen nada que ver; que los han transversalizado también, o sea, atomizado y dispersado con la excusa de que no daban las audiencias que tenían que dar. Lo que pasó en el sector editorial privado es que tenían allá dentro editores de mucha calidad a quienes se les empezaron a imponer títulos y a coartar por aquí y por allá en pos de unos resultados de ventas absolutamente desproporcionados, que es exactamente lo mismo que se hace en la radio cuando a un programa cultural se le impone un colaborador famosete con el único objetivo de aumentar la audiencia a un nivel que, de todas maneras, nunca se alcanzará. Algunos de los mejores editores optaron por irse de la casa grande y montarse el chiringuito por su cuenta: ellos han demostrado que esta iniciativa funciona. Sabiendo esto, ¿no es tonto que una entidad con gente preparada dentro opte por ir por el mismo camino equivocado expulsando los buenos contenidos? Por los contenidos, no pasa nada: ahora cualquiera en casa se monta un podcast; la poca vista de Catalunya Ràdio es que alguno de esos podcasts lo petará y entonces ahí llegará cualquier privada, más rápida y con más pasta que ellos, para hacer una oferta e incorporarlo a su programación. Y luego, la pública ¿qué? Pues a seguir perdiendo oyentes y a ponerse a copiar otra vez, que, por lo que demuestra, últimamente viene a ser lo único que sabe hacer.

Llevamos ya unos cuantas temporadas de estrategia de "transversalidad". A lo mejor, como experimento, al principio de la transformación digital, de la aceleración de la sociedad, etc., etc., esto tuvo un poco de sentido. Ahora, habiéndose demostrado lo contrario en otros sectores, que se siga con esta práctica en los medios (sobre todo en los públicos) empieza a ser simplemente pura negligencia.

dilluns, 29 d’agost de 2016

De lo de la radio: un buen resumen de la gravedad del asunto es este que hace Anna Punsoda hoy mismo en Nació Digital.

Ayer, por mail, le explicaba a Laura Borràs, directora del Institut de les Lletres Catalanes (que me escribió porque todo esto a ella también le preocupa), que no era una pataleta esta que hice por twitter hace unos días para recuperar mi sección: cuando Albert Miralles, director de Els Experts, vino a hablar conmigo para decirme que esta temporada tampoco tenían dinero para pagarme y yo le dije que entonces no me interesaba seguir colaborando, también le dije que total, mi sección, tal como estaba, para lo único que servía era para demostrar que sé leer muy rápido y luego hablar de los libros también muy rápido; ya lo explico en el hilo: aunque había hecho alguna propuesta para que mi tiempo en el programa no fuera simplemente un resumen de libro tras otro, me la habían echado atrás con los argumentos de "no vas a tener tiempo para hacer eso" o "eso es demasiado profundo".

Lo que decía: el asunto es grave no porque me hayan echado a mí de Els Experts sino porque ahora, en Els Experts (programa que se hará de 7 a 9 de la mañana cada día en iCat -emisora pública-) no se sabe si va a haber una sección de libros (nota: yo hablo de libros todo el rato, pero trasladen todo esto a música, teatro, arte, cine...); el asunto es grave también porque ahora mismo, en toda la parrilla de programación de Catalunya Ràdio y iCat no hay un solo programa dedicado por entero a la cultura, aquí, en Catalunya, con una capital recientemente nombrada Ciudad Literària de la UNESCO, sede del Museu Picasso, del Grec, del Sonar, del Primavera Sound, de la editorial Planeta (y por tanto del Grup 62), de una acadèmia del cinema muy comprometida con el país, de Barcelona Plató, del Institut Ramon Llull y de la madre que los va parir a tots y de todas las personas que religiosamente compran sus libros, visitan sus instalaciones, van a sus funciones y a sus conciertos y a sus salas de proyección.

Si nos ponemos prosaicos y monetarios, la excusa para arrinconar los contenidos que todo este público consume, siempre es la misma: que este público no existe.

Ahora me pongo personal y subjetiva: yo tengo una librería desde hace dos años y medio. No vendemos, en general, best sellers, no acogemos partidos de fútbol ni proyectamos los últimos grandes estrenos de Hollywood. Tenemos las mesas llenas de libros de editoriales pequeñas. El criterio de selección a la hora de comprar los libros que luego vamos a vender a los lectores, aunque siempre esté dominado por la calidad literaria, va llenito de matices y de momentos: no es el mismo criterio -ni de volumen ni de calidad (tenemos más manga ancha y no nos ponemos tan estupendos) justo antes de Sant Jordi ni de Navidad, porque no somos idiotas, que el resto del año. Cuando explicábamos lo que pensábamos ofrecer en la librería y aún ahora cuando les hacemos los pedidos a los comerciales y ven que no les compramos las montañas de los libros hechos en serie que ellos intentan vendernos con el argumento de "ésta es la gran apuesta de la editorial", nos encontramos invariablemente con gente que nos dice que no sabemos lo que hacemos, que eso se va a vender mucho y nosotros nos lo vamos a perder.

Llevamos dos años y medio siguiendo este criterio, ya digo, y en todo este tiempo no hemos parado de crecer. Prácticamente todas las semanas hay clientes que nos dicen que vienen a la librería precisamente por eso; clientes que nos preguntan por un autor y se sorprenden de que lo conozcamos y lo tengamos, por ejemplo, o clientes que vienen preguntando si este autor del que hablan todos los medios es REALMENTE tan bueno como dicen (no solemos mordernos la lengua si no lo es). En las redes sociales (otra cosa que les preocupa mucho últimamente allá en los medios de comunicación), campañas que han triunfado por encima incluso de nuestras posibilidades de respuesta, son por ejemplo "Curra't el Sant Jordi: tu coneixes la persona que estimes millor que els mitjans i les editorials" o la de recomendaciones hechas a través de consultas a los lectores que hicimos antes de este último verano en Twitter. La respuesta a las dos fue tan masiva que tuvimos que quedarnos horas extra en la librería para responder y no llegamos a responder a todo el mundo. Hemos hecho presentaciones que nos han reventado el aforo también; incluso la caja, por qué no decirlo, ya que a algunos les preocupa tanto.

Lo que quiero decir es que la excusa para que no haya un programa cultural en condiciones en la radio ahora mismo (que no lo hay) no es que no haya público: el público está ahí y es el más fiel que os vais a poder encontrar nunca si el programa es de calidad (que esa es otra). Lo que agrava además el caso es que en la radio, dentro mismo, en plantilla, hay profesionales que pueden hacerlo y que ya lo han hecho, además, pero que los tienen relegados a secciones idiotas de otros programas porque cuando tuvieron su programa cultural no llegaron a los índices de audiencia que marcaba el Barça, por ejemplo.

Eso último es lo más chungo y no que yo ya no esté en Els Experts o que Eduard Márquez ya no esté en El Suplement o que tengan colaboradores culturales trabajando allá sin cobrar o incluso (que los hay) pagando por hacer su sección.

Los medios públicos tienen que servir para otra cosa además de para hacer caja. Y eso es lo que ahora se está haciendo mal.

dimarts, 12 de juliol de 2016

Venimos de donde venimos y a muchas nos educaron en la idea de que el sexo era malo. Digo muchas y no muchos porque con los chicos era distinto: para ellos, siendo una cosa en principio igual de baja, de instintiva, de animal, era también (o precisamente por eso) un impulso normal de sentir hasta el punto que aparecía, se comentaba en voz alta y se acababa compartiendo con los amigos, palmaditas en la espalda y gestos obscenos incluidos, el día que, por fin, acababa siendo satisfecho. ¿Satisfecho por quién? Satisfecho por una chica que inmediatamente acababa siendo etiquetada de fácil; la que se va con cualquiera, la guarra, la puta, la que se encarga de todo hasta que al final ellos sientan la cabeza y acaban con la amita de casa discreta y formal. Gran premio para esta última, sí señor.

Según esta distinción de percepción del sexo de carácter únicamente de género, no sería tan descabellado pensar que, en esta sociedad, podría estar bien arraigada la idea consciente o no de que una parte del trabajo del hombre en materia sexual sería "convencer" a la mujer de que tener relaciones con ellos no es tan mala cosa.
Ahora vienen las deducciones fáciles: es más fácil "convencer" de lo que sea a alguien que está borracho que a alguien que no lo está; es más fácil "convencer" a una persona que se niega en redondo entre cinco que en un tête à tête; es más fácil "convencer" a alguien desde un puesto de superioridad, cuando a ese alguien le va el sueldo en ello, por ejemplo, que partiendo de una situación de igual a igual; es más fácil "convencer" a alguien que pesa treinta kilos menos que tú y que sabe que si bajas el brazo le saltas tres dientes de un golpe; es fácil creer que si a alguien ya le has "convencido" una vez, ya lo tienes convencido para siempre.

Así que sí: tenemos en parte construido todo esto, la sociedad, en base a unos roles sexuales que históricamente han fundamentado el abuso y la violación. Y no es que la cosa vaya a más, es que la cosa viene de lejos. Lo que pasa es que ahora nosotras, ya era hora, estamos empezando a hablar.

diumenge, 14 de febrer de 2016

Justo ayer le soltaba al socio un discurso sobre cómo a veces quien se pasa la vida preocupándose por tenerlo todo bajo control es quien más sufre cuando le pasa algo inesperado. Y justo ayer también saltaba la noticia (antes de tiempo) de la muerte de Muriel Casals.
No tengo ni idea de cómo era Muriel Casals con sus cosas; si era previsora, si era responsable, si lo hacía todo según la norma... Pero sí sé que esa manera de morirse le puede pasar a cualquiera, incluso a las personas previsoras, responsables i com cal.
Yo cuento como mi gran momento de caída del guindo el día en que me di cuenta de que no por hacer las cosas bien, me iba a ir bien en la vida; fue mi gran crisis de fe; me pillé una pataleta morrocotuda de aquellas que una se pilla sólo en la adolescencia, que dirige contra sus padres, contra los maestros y contra cualquiera de quien esté aprendiendo en ese momento, que es todo el mundo porque a esa edad lo único que tiene que hacer una -lo único que está haciendo aunque no quiera y aunque no lo reconozca porque ya se cree muy lista- es aprender.
Aquella rabieta en caliente al entender que un A responsable no necesariamente traía un B feliz, no me dejó ver en un primer momento que entender aquello comportaba un par de buenas dosis de liberación y de responsabilidad: de repente las normas me las ponía yo; e inauguraba para ponérmelas, para saber cuáles servían y cuáles no, para saber hasta dónde daba la máquina que era mi persona, una etapa de experimentación que aún no ha terminado.
Guardo también en la memoria como otro empujoncito valiosísimo hacia la libertad personal una cosa que un día me dijo mi padre: "A ti ahora te parece que todo es muy importante y te afecta un montón, pero ya verás cómo a lo largo de la vida se toman poquísimas decisiones realmente fundamentales; una o dos, como mucho". Pues tenía razón. Y a lo mejor ni siquiera nos enteramos de que las hemos tomado, añado yo.
Total, que ya puedes tener tu hipotequita, tu trabajo fijo en tu empresa de siempre; ya puedes no saltarte una cita con el médico, hacer deporte, comer sano, ser amable con todo el mundo, ser discreta, no meterte en líos, no arriesgar en nada, perdonarlo todo, conformarte con lo que tienes y no moverte de ahí por si acaso... Lo que quieras, que un día te atropella una bici y al siguiente te mueres. O se te muere alguien así. O alguien te hace una tremenda putada. O de repente te paras a pensar y te descubres absolutamente aburrida y, lo que es peor, aburriendo terriblemente a quien tienes al lado. Y entonces ¿qué? ¿Qué vas a contar? O, peor: ¿qué te vas a contar a ti misma? ¿cómo vas a justificarte todo este tiempo que has perdido?

Han pasado los años y creo que una de aquellas dos decisiones importantes que uno toma en la vida tiene que ser ésta precisamente: la de sacar fuerzas de donde sea para no llevar una vida gris; para, el día que me atropelle la bicicleta, por lo menos poder quedarme ahí tirada pensando: buah, qué bien me lo he pasado; que me quiten lo bailao.

dimarts, 26 de gener de 2016

Unos meses antes del primer día del Watusi en la Calders Xavi Moyano y yo fuimos al Heliogàbal a ver a Martí Sales tocar con Maria Rodés y Ramon Rodríguez. Yo salí de allá emocionada perdida porque era de las primeras veces que Martí, que por aquel entonces andaba pegándose sesiones maratonianas con Abel Cutillas y conmigo fichando los libros que luego irían en las estanterías de la librería, volvía a actuar después de que muriera el Uri, que había tocado con él en los Surfing Sirles.
Ésta es parte del concierto que fuimos a ver Xavi Moyano y yo al Helio aquella noche:



Tres meses después de este concierto abrimos la librería. Y cuatro meses después de abrirla celebramos la primera fiesta del Watusi. Martí cantó en aquella fiesta, en vivo, en la librería. Le acompañaron Gerard Segura, Pol Serrahima (los Vàlius) y Jordi Garrigós (Parlament).
Estos son los Vàlius en el Heliogàbal:



Cuando los Vàlius acabaron de tocar en la Calders aquella noche, subieron escopeteados hasta Gràcia porque también tenían que tocar en directo en la Festa Major. Martí y yo nos quedamos a cerrar la librería y tiramos para Gràcia también a ver a los Vàlius tocar en la calle. Aquella noche nos emborrachamos un poco y acabamos subiendo a casa de Martí, que vivía entonces con Núria Martínez Vernis, la poeta.
Ésta es Núria Martínez Vernis en el Heliogàbal:




Núria Martínez Vernis ha pasado por la librería a hablar y a leer poesía de la más diversa, la suya incluida. De poesía rusa no; cuando toca hablar de poesía, o de lo que sea, rusa, uno al que siempre llamamos es a Miquel Cabal; y a Ricardo San Vicente, claro.
Estos son Miquel Cabal y Ricardo San Vicente en el Heliogàbal:



Miquel Cabal ha pasado también por la librería a hacer música en vivo: toca en un grupo que se llama Sot.
Éstos son Sot tocando con Martí Sales (otra vez) hace un par de meses en un sitio que ya no era el Heliogàbal:



Cuando el año pasado por la Festa Major de Gràcia leí en algún lado que a los del Helio no les dejaban hacer el Festigàbal en su plaza de siempre por un problema de patrocinio de cervezas o no sé de qué leches, les mandé un mensaje diciendo que si yo tuviera la librería en Gràcia y no en Sant Antoni, se la dejaría para que montaran el festival allí mismo, pero como la tengo en Sant Antoni y no en Gràcia, lo único que se me ocurría era decirles que contaran conmigo para hacer de camarera o de lo que fuera en el sitio en que acabaran haciendo el festival.
Es que en el Heliogàbal pasan cosas cuando hay música en vivo allá. Se hablan cosas, se celebran libros, se traducen libros, se escucha a grupos que luego quieres que vengan a tocar a tu casa, se descubre a escritores, se raja de escritores, se brinda con poetas, se canta con poetas. Yo conocí a Joan Colomo allá y mientras veía tocar a Fernando Alfaro allá, se me ocurrió que podría invitarlo a la librería a presentar un libro de Ezequiel Martínez que acababa de publicar la editorial Morsa; y vino.
Es que el Heliogàbal es referente. Yo tengo un vídeo de Supergrupo tocando en el Heliogàbal tan visto que si YouTube se pudiera rayar, este vídeo estaría rayado por mi culpa.
Éste es el vídeo de Supergrupo en el Heliogàbal:



En supergrupo tocan Miqui Otero y Kiko Amat, dos escritores que dentro de tres días estarán en la librería celebrando otra vez el día del Watusi.

Hay muchas cosas y mucha gente que van y vienen del Heliogàbal a la Calders.
Si nos cerráis el Helio ahora, nos buscaremos otro sitio porque nosotros somos así: si nos paramos, nos morimos; pero veis la línea de corte que va a haber en la historia literaria y musical de la ciudad, ¿no? Pues esa es la que va a  quedar ahí, bien marcada, sobre vuestras conciencias, jefes.